Desde el punto de vista del acceso y de la preocupación por los estudiantes desfavorecidos académicamente, no hay ninguna duda de los logros alcanzados. Pero desde la perspectiva del nivel y destino del financiamiento y de los resultados que hoy ofrece la educación terciaria, surge la interrogante de si se puede sostener en el tiempo la actual calidad de profesionales y su empleabilidad.
Los gráficos de tendencias del financiamiento para la última década, en $ 2009, (VER
AQUI), demuestran que ha habido una gran preocupación por el financiamiento del acceso (crecimiento de 283%) lo que se refleja en los niveles y tendencias de la matrícula, pero no así por la asignación suficiente de recursos a infraestructura humana y material necesaria para lograr aprendizajes de calidad a lo largo de toda la vida.
Es en esta segunda materia donde no se está haciendo bien la tarea, lo que podría poner en riesgo la actual calidad de grados y títulos universitarios y, además, comprometer el mejoramiento necesario hacia el futuro.
El crecimiento relativo de los niveles de financiamiento para el Aporte Fiscal Directo (19%) e Indirecto (7%), tal como la disminución efectiva de recursos para el Programa Mecesup2 (-17%), único instrumento de asignación de recursos públicos existente para mejorar la infraestructura nacional de docencia-aprendizaje, resultan evidentemente inadecuados.
No se debe olvidar que Chile se ha propuesto transitar hacia una economía y sociedad basada en conocimiento y alcanzar niveles de país desarrollado; la reciente incorporación a la OECD es la mejor demostración de notables evidencias y compromisos, que el país debe trabajar y honrar.
Por lo tanto, se requieren nuevos esfuerzos y exigencias de mejoramiento del sistema de educación superior chileno que cubran adecuados niveles de competencias iniciales de los estudiantes, inversiones sostenidas en tecnologías de información y comunicaciones y en capacidades avanzadas de gestión de conocimiento, infraestructura científica y técnica de nivel avanzado para el aprendizaje y la investigación, y procesos curriculares y docentes modernos, eficientes y abiertos a la movilidad estudiantil nacional e internacional, que den resultados académicos de calidad y competitividad internacional. Esto solo será posible con una mayor inversión pública, en una gestión por resultados y con creciente rendición de cuentas. No debe olvidarse que Chile muestra un nivel de financiamiento total público y privado en educación terciaria elevado (2% del PIB), pero con una participación pública (0.3% del PIB) muy por debajo de los promedios de la OECD (1.3%) y la Unión Europea (1.1%), respectivamente.
Un análisis similar puede hacerse desde la evidencia del financiamiento a la investigación en el ámbito de educación superior, actualmente servida principalmente por CONICYT y el Programa Mecesup2, para los programas de doctorado nacionales acreditados.
Aunque en este caso las tendencias y proyecciones son más favorables, sigue comprobándose que Chile no dispone actualmente de un inventario suficiente de investigadores (existen unos 3.800 académicos con doctorado en el sistema, un 36% de las jornadas completas disponibles), no produce un número suficiente de doctores (actualmente unos 400 graduados el 2008; muy pocos en ingeniería y tecnologías; 24 graduados por millón de habitantes, aún lejos de países desarrollados de tamaño similar), ni cuenta con una infraestructura científica y recursos operacionales suficientes que permitan aprovechar al máximo las capacidades humanas y científicas disponibles.
Desde la perspectiva de productividad de la investigación, se puede destacar un gran compromiso de la comunidad académica y científica, logros sobresalientes y un muy buen desempeño a nivel latinoamericano, pero que todavía abre grandes desafíos a nivel global, como también oportunidades insospechadas de valorización de sus resultados y de la generación de oportunidades de innovación social y productiva.
Resulta evidente, que estos resultados pueden y deben mejorarse para generar las capacidades científicas, tecnológicas y de innovación que Chile requiere para ser competitivo internacionalmente, generar flujos de conocimiento positivos para el país y transitar hacia una economía y sociedad basada en conocimiento, lo que requiere una mayor inversión pública y privada. Nuevamente, no debe olvidarse que Chile destina a investigación y desarrollo solo un 0.7% del PIB, lo que es bajo como porcentaje y en términos absolutos, representa solo un 25% del promedio OECD y resulta bajo frente a otros países con valores de PIB per cápita mucho más bajos, como India.
El apoyo a la educación terciaria es una inversión país con rentabilidad social asegurada, que abre nuevas oportunidades a más ciudadanos para disfrutar del conocimiento y lograr horizontes potenciados de desarrollo personal, económico y social.